La pandemia del coronavirus, “El Evento” del siglo, llegó para quedarse. No en sus efectos sanitarios sobre la humanidad, que pasarán, aunque dejando miles de muertos junto a un desastre económico de gran magnitud en los países más afectados. Una tragedia, sin dudas. Pero muchos otros efectos, que hoy ni siquiera podemos prever, perdurarán en el tiempo.
¿Cómo responde la naturaleza ante estos cambios? En apenas unos días desde que “El Evento” comenzó, en las noticias hemos visto aguas turbias que se aclaran, fauna silvestre que visita las ciudades, nubes de gases tóxicos que se disipan de las grandes urbes, hoy vacías de autos y de aviones. ¿Por qué? Porque una especie, entre millones de especies, está confinada en sus madrigueras buscando salvarse de la muerte, por primera vez, a nivel mundial.
La humanidad detenida ofrece un “experimento” global ambiental que jamás podríamos haber imaginado, y mucho menos logrado, en condiciones normales. Las condiciones “normales” hoy son un mundo superpoblado, hiperconectado e hiperatomizado, con ecosistemas enteros arrasados y su diversidad biológica alterada, el agua y el aire contaminados, y con especies extinguiéndose. Con cada partida, se fragilizan estos sistemas naturales, que se vuelven más pobres, insalubres y tristes.
Entre los incontables efectos que “El Evento” nos trae, tomemos como ejercicio para el análisis sólo uno: la paralización sin precedentes del transporte a nivel global. Hoy, literalmente millones de autos, colectivos, camiones, motos, aviones, helicópteros, buques y lanchas que normalmente estarían moviéndose a fuerza de petróleo y gas, están detenidos. Con ello, han dejado de liberar a la atmósfera, a la tierra y al mar, millones de toneladas de gases y fluidos contaminantes.
De tan notorio, el efecto de esta paralización del transporte mundial es visible en imágenes satelitales que muestran el aire de grandes zonas urbanas volviéndose más limpio y por lo tanto, más sano. Lo mismo sucede en los océanos, que transitoriamente han dejado de recibir la contaminación por combustibles, el ruido y los desechos de miles de embarcaciones. Como si la superpoblación mundial, en términos de transporte, hubiera retrocedido décadas, a fuerza de cuarentena viral.
Aire más limpio, océanos más sanos y silenciosos, son una consecuencia de este apagón en el desplazamiento planetario. ¿Lo hicimos por una decisión responsable para reducir la contaminación que está enfermando al mundo? No. Nos detuvo un virus, una entidad biológica que de tan microscópica hasta desafía la noción de ser vivo. Y nos detuvieron decisiones económicas y políticas, claro. Si no fuera por las trágicas consecuencias que «El Evento» ya tiene y tendrá en la vida de millones de personas en todo el mundo, casi podríamos “agradecerle” este respiro, este mundo un poco más sano, al menos transitoriamente.
¿Por qué tuvo que llegar un virus creando miedos, justificados y de los otros, y arrasando vidas país por país para que le diéramos un respiro a la naturaleza?
Me pregunto, ¿por qué no podemos como especie lograr un mundo “un poco más sano” si es algo que evidentemente nos beneficia? Cuando «El Evento» pase, ¿volverán el aire contaminado, los océanos ruidosos, la rapiña sobre los recursos naturales en modo incrementado para recuperar “ganancias”? Ganancias de pocos que tarde o temprano, serán pérdidas de todos, como en cierta forma esta situación nos muestra hoy.
Aprovechar la forzada quietud actual y reflexionar sobre lo que hemos hecho mal para llegar a este estado de cosas sería un comienzo para generar los cambios esenciales que deben venir si queremos evitar el colapso de todo lo conocido. Modificar de manera rotunda las valoraciones que hacemos de la naturaleza, el modo en que nos relacionamos entre nosotros, con las otras especies y con el mundo que nos rodea ya no es un “deseo romántico de los ambientalistas”.
Hoy es una cuestión de supervivencia. “El Evento” lo demuestra a costa de los miles de muertos, comunidades empobrecidas y miserias humanas que dejará tras de sí. Por eso, tenemos la oportunidad histórica de reflexionar, aprender y cambiar. Pero el cambio es urgente, y debe ser contundente, categórico y definitivo. O llegará tarde.

Dr. Mariano Sironi, director científico del Instituto de Conservación de Ballenas y profesor de Diversidad Biológica en la carrera de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
Fuente: Instituto de Conservación de Ballenas.
Fotos: Pixabay.