Sale el sol en la sabana africana, una pradera natural con arbustos donde viven cebras, antílopes, jirafas y elefantes. Y es el lugar al que Jane y Pascasio decidieron viajar, en esta su primer aventura.
Jane es inquieta y afable, y le encanta viajar y vivir nuevas aventuras junto a su amigo Pascasio. Pascasio es muy curioso y habilidoso, y cuando piensa hace un gesto muy gracioso: revolea los ojos de un lado al otro hasta encontrar una respuesta.
Lo cierto es que los dos aman la naturaleza, los animales grandes, medianos, chicos y chiquititísimos, y disfrutan de cada una de las aventuras que viven junto a su inseparable mascota Darwin, un perro raza requeteperro que, al igual que casi todos los animales de esta historia, cuenta con superpoderes. Puede, por ejemplo, escuchar sonidos que para Jane y Pascasio son imperceptibles, percibir con muuuucha anticipación cuando se acerca el peligro y ahuyentar a personajes indeseables. Pero sobre todo, y como todo pichicho, es una excelente compañía.
Hasta África, entonces, viajaron nuestros amigos para conocer un poco más sobre el lenguaje de los elefantes africanos, los animales terrestres más grandes que hoy habitan la Tierra.
“¡Jane, mirá! ¡Ahí hay un grupo de elefantes!”, grita Pascasio.
“¡Sí, los veo!¡Vamos a acercarnos!”, responde Jane.
Jane está manejando el jeepón. un vehículo todo terreno que puede ir para adelante, para atrás y para los costados. ¡Igual que los cangrejos! Puede girar sobre si mismo, ¡casi igual que un trompo!; andar por todos los terrenos; elevarse o descender según sea necesario; y ¡hasta sumergirse en el agua! En ciertas ocasiones, también puede andar solo y funciona, claro, con una batería que se alimenta con la energía del sol. Tanto es así que cuando el sol está a pleno en lo alto del cielo y tiene desplegados sus paneles solares, puede moverse a muy alta velocidad.
“Ojalá podamos convencer a la líder elefanta para que nos cuente cómo es que se comunican entre ellos”, dice Jane.
“!Si!, dice Pascasio. Para entenderlos podemos usar el traductor portátil de idiomas animales y para convencerlos traje su alimento preferido: cortezas de árbol cubiertas con azúcar negra”.
“¿Cubiertas con azúcar negra?, duda Jane.
“Sí, el azúcar me sobró de las tortitas negras, mis facturas preferidas”, ríe Pascasio.
Así como los seres humanos usamos palabras para entendernos y comunicarnos, cada especie animal tiene su propio lenguaje formado por voces y sonidos que usan para pedir comida, llamar a sus padres o, simplemente, para hacer ruido por diversión o enojo.
Jane es muy buena conductora, y se adelanta al grupo de elefantes, una familia formada por hembras: abuelas, madres e hijas. Tira las cortezas levantando automáticamente el baúl del auto, y la madre del grupo levanta su trompa, olfatea las cortezas y el azúcar negro y dirige a su familia hacia la comida. “¡Nunca falla!”, dice Pascasio.

Los elefantes usan su trompa para oler, respirar, arrancar pasto y llevárselo a la boca, juntar agua, bañarse, agarrar elementos, acariciarse y emitir sonidos. Ellos emiten sonidos que nosotros escuchamos, y otros que no podemos escuchar. Y guardan ese secreto para comunicarse entre ellos a grandes distancias.
Jane conecta el traductor, que emite un sonido agudo. Lo ajusta y lo prepara para traducir el lenguaje de la elefanta al español y viceversa, del español al elefantano, como bautizaron los dos amigos al idioma de los elefantes.
“Estamos estudiando cómo se comunican los animales que habitan el planeta”, dice Jane. Maliki, la anciana elefanta reina, se sorprende al entender perfectamente lo que Jane le habla. Entonces Jane le explica que está usando un traductor portátil, un aparato que sólo usan cuando ya no hay manera de interpretar lo que dicen los animales y trata de explicarle cómo funciona.
Maliki la detiene: “¡Ya sé lo que es un traductor, pero no pensaba que los humanos fueran tan inteligentes para diseñar uno que tradujera el idioma de los animales!”.
Todos, los amigos y los elefantes rieron. Es que los elefantes, aunque parecen serios, son muy graciosos cuando alguien les cae bien.
Hablaron durante horas. Lo más sorprendente para los amigos fue enterarse que estos animales escuchan los gemidos que emiten a kilómetros de distancia y que, además de escucharlos con sus oídos, también los perciben con las plantas de sus pies. Es así como los elefantes les avisan a otros que encontraron, por ejemplo, agua, algo que no abunda en la sabana africana en algunas épocas del año.
En un momento, Darwin, que hasta entonces no había emitido sonido, comienza a inquietarse. Seguro que algo raro presentía. Enseguida Malala, la hija de Maliki, les advierte: “Creo que llegó el momento de despedirnos, viene mi papá Maluma y cuando hace tanto calor como hoy, suele estar de mal humor”.
De repente, una mezcla de rugido y gemido comienza a escucharse a la distancia. Es el sonido más conocido de los elefantes, el “barrito”, que emiten cuando están enojados. Ni lerdos ni perezosos, Jane y Pascasio se despiden amablemente de sus nuevas amigas, pero por apresurarse toman el camino equivocado y, en lugar de ir hacia la derecha, van directo hacia el elefante macho. Maluma, asustado, piensa que quieren atropellarlo, levanta su trompa y empieza a perseguirlos a toda velocidad. Es todo un malentendido, pero no es el momento de aclararlo. Dan la vuelta a toda velocidad, pero como está oscureciendo y ya casi no hay sol para alimentar a pleno a los paneles solares, el auto comienza a perder velocidad. ¡Y Maluma los está alcanzando!
“¡Ahí hay un pasadizo mágico! ¡Entremos urgente en él antes de que nos alcance el elefante!”, grita Pascasio.
Junto a una acacia, un arbusto típico de la sabana africana, se abre una puerta de luz y el jeepón entra en ella justo a tiempo. El elefante se sorprende con la maniobra, pero más se sorprende porque frente a sus ojos el auto con los amigos desaparece. ¡Se esfumaron frente a su propia vista!

Idea original: Cristina Di Pietro
Autores: Cristina Di Pietro y Alejandro Balbiano
Voz: Nora Briozzo
Edición de sonido: Fernando Nazar