Para saber dónde hay una pasadizo mágico es necesario tener un Detector de pasadizos mágicos como el que tiene el jeepón. Los elefantes no tienen esos detectores especiales y, aunque los tuvieran, no podrían pasar por ellos por dos razones: por su gran tamaño y porque su cuerpo no tiene la cobertura especial electromagnética de fotones del auto de nuestros amigos. Ya hablaremos del tema más adelante.

Lo importante es que Jane y Pascasio se habían salvado del enojo del elefante Maluma y que llegaron sanos y salvos a destino. Antes, en su Posicionador de Sitios de Aventuras habían colocado las coordenadas de este lugar, sin saber que iban a tener que escapar de la sabana africana con tanto apuro.
El lugar estaba oscuro y casi no se veía nada. “¿Habrían llegado al lugar correcto? ¿Y si fallaba el Posicionador?”, se preguntaron. Las dudas empezaron a rondar la cabeza de nuestros amigos. Y era lógico: era la primera vez que lo usaban fuera del laboratorio.
“¡Ahí está la Cruz del Sur! -dice Pascasio- ¡Iupi! ¡Estamos en una playa en plena Patagonia argentina! ¡Todo salió como lo planeamos!”
Pascasio aprendió de su papá, un astrónomo de renombre mundial, a observar los fenómenos estelares: cometas, estrellas fugaces, constelaciones… y a distinguir en el cielo ciertas estrellas, como esas que forman una cruz y que lo ayudaron a ubicarse y a saber que estaban en el hemisferio sur del planeta.
Apenas escuchó a Pascasio, Darwin, atento, levantó sus orejas y saltó rápidamente de la camioneta, pero, como era de noche y no se veía demasiado, cayó arriba de un cangrejo. ¡Qué susto que se pegó! Pero más se asustó el cangrejo, que en un segundo desapareció haciendo zigzag sobre la arena.
Los tres, Jane, Pascasio y Darwin, explotaron en carcajadas. Y como ya era tarde y estaban muy cansados, se dispusieron a armar la casa-tienda que se despliega en el jeepón y a cenar algo rico, para luego irse a dormir. De fondo se escuchaban el sonido de las olas del mar que golpeaban contra la costa, además de unos extraños gemidos. ¿Qué será?, se preguntaron mientras poco a poco los ojos se cerraban inevitablemente bajo los efectos del cansancio y del sueño. Entonces, cuando ya todos estaban dormidos, a aquel ruido misterioso y al sonido de las olas rompiendo sobre la costa se sumó otro bastante más conocido: los ronquidos de Darwin que yacía despatarrado sobre una colchoneta.
La mañana amaneció soleada y con mucho viento. Un típico día de la Patagonia. En el mar podían verse unos gigantescos seres de casi 15 metros de largo y 40.000 kilos que saltaban y golpeaban las olas con sus enormes colas de casi cinco metros de ancho. Eran las ballenas francas del sur que habitualmente salen a la superficie para respirar. Fueron ellas las que la noche anterior habían hecho los extraños sonidos que Jane y Pascasio escucharon.
Los amigos se miraron con complicidad. Darwin, que presintió lo que planeaban, se ubicó rápidamente en el asiento trasero del vehículo. Jane enseguida replegó la tienda y con solo apretar un botón las ruedas se guardaron dentro del chasis, las ventanillas se cerraron herméticamente y una extraña hélice surgió del baúl. Como por arte de magia, el jeepón se convirtió en un vehículo acuático que les permitía a los amigos sumergirse en el océano y acercarse a las ballenas para “conversar”.
Atraídas por el sonido de la hélice del jeepón que parecía una canción de cuna, algunas ballenas comenzaron a rodearlos, varias de ellas con sus “ballenatos”, que son como los humanos les decimos a sus crías.
Jane encendió el traductor, acomodó las condiciones para que funcione bien debajo del mar, donde el sonido viaja más rápido que en el aire, y prendió el hidrófono, un micrófono especial que emite sonidos pero bajo el agua.
“¿Qué quieren?”, preguntó, desconfiada, Antonia, una mamá ballena que estaba junto a su hija Espuma. Ver un vehículo tan extraño bajo el agua acercándose hacia ellas, no es algo que se ve todos los días.
“Queremos conocerlas un poco más y entender, por ejemplo, cómo se comunican entre ustedes”, respondió Jane.
Las ballenas hacen muchos sonidos para comunicarse. Algunos suenan como gruñidos, otros como gemidos, algunos como lamentos y otros suenan como eructos. Pero hasta ahora, ni siquiera los científicos que las estudian saben con certeza lo que dicen.
“¿Es cierto que las ballenas cantan?”, preguntó Jane
“Nuestras primas, las ballenas jorobadas, sí cantan. ¡Y que bien lo hacen!, respondió Luna, la hermana de Espuma. “Nosotras las ballenas francas somos más tímidas y no sabemos cantar.”
“¿Y es cierto que se hablan a miles de kilómetros de distancia?”, preguntó Pascasio.
Las ballenas se miraron con sorpresa y respondieron: “Es cierto. Hacemos unos sonidos que viajan a grandes distancias y que ustedes no pueden escuchar. Sirven para avisarle al resto que encontramos comida, por ejemplo, camarones nuestro plato preferido”.
Gracias al traductor, los amigos supieron también que se ponen muy nerviosas cuando los delfines nadan cerca de ellas.“Los delfines son buenos, pero muy inquietos ¡Siempre están en movimiento. Y se mueven tan rápido que nos asustan!”, dice Espuma.
De golpe, y nunca mejor dicho, un ballenato golpeó con su aleta el agua junto a su madre e interrumpió la charla. Unos sonidos distintos comenzaron a escucharse desde lo más profundo del mar. Las ballenas se inquietaron y se fueron velozmente, tanto que sorprendieron a nuestros amigos que no sabían que las ballenas podían nadar tan rápido. Darwin, que no ganaba para sobresaltos, saltó sobre la falda de Jane y le dio a entender que ya era hora de regresar a tierra firme.
Ya en la costa, Jane y Pascasio observaron con sus binoculares a las ballenas que se alejaban. ¿Qué habría sido lo que las asustó?, se preguntaron. Enseguida encontraron la respuesta al ver un grupo de cinco aletas largas y negras que nadaban por la zona. Eran las orcas, los máximos predadores del Mar Patagónico. ¡Qué suerte que salieron del agua y que las ballenas huyeron a tiempo!, dice Pascasio. “¡Si!, sonríe Jane “¡Hoy las orcas tendrán que comer peces para el almuerzo!”.
Poco a poco el sol comenzó a esconderse detrás del horizonte. Y mientras Darwin y los cangrejos se entretenían jugando juntos -¡ya se les había pasado el susto!-, Jane y Pascasio esbozaron una sonrisa y se miraron con complicidad. ¿Cuál será el próximo destino en el que están pensando?

Idea original: Cristina Di Pietro
Autores: Cristina Di Pietro y Alejandro Balbiano
Voz: Nora Briozzo
Edición de sonido: Fernando Nazar