Nos acompañan desde hace miles de años cuando sus antepasados directos, los lobos grises, decidieron establecerse cerca de los asentamientos humanos. Desde entonces, los humanos no sólo cambiamos la apariencia de los perros, sino que nuestro impacto sobre nuestros fieles amigos fue aún más profundo: un estudio reciente realizado por la neurocientífica estadounidense Erin Hecht asegura que también transformamos su estructura cerebral.
Hecht, profesora del departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard, llegó a esa conclusión después de analizar las resonancias magnéticas de más de 60 perros de 33 razas tan diferentes como el bichón frisé o el labrador retriever. Así identificó seis redes de regiones cerebrales que tendían a ser más grandes o más pequeñas y que variaban de un perro a otro en función de los rasgos para los que estos fueron criados. Cada una de esas redes se correlacionó con al menos un rasgo de comportamiento. Los boxer y los doberman, a veces utilizados como perros policía, mostraron, por ejemplo, diferencias significativas con respecto a otras razas en la red que estaba relacionada con la vista y el olfato. Los perros criados para la lucha deportiva, en tanto, mostraron cambios en la red que representaba respuestas de miedo, estrés y ansiedad.
“Nuestro hallazgo básico es que las diferentes razas de perros tienen una anatomía cerebral diferente que va más allá de las diferencias en el tamaño del cuerpo, el tamaño del cerebro y la forma general de la cabeza”, señala Hecht, quien aclara que todos los perros examinados eran animales de compañía y no de trabajo. “Es sorprendente –dice– que podamos ver estas diferencias en sus cerebros a pesar de que no están realizando los comportamientos activamente”.

También entiende que de sus hallazgos pueden surgir otras aristas sobre las que deberíamos reflexionar. En su libro La verdad sobre los perros, el escritor estadounidense Stephen Budiansky señala: “entender que los perros poseen entendimiento, motivos, percepciones e instintos perrunos es respetarlos por sus verdaderas naturaleza y capacidades. Debemos verlos como son y no forzarlos a que sean como queremos, distorsionados por nuestra imaginación excéntrica y limitada”.

Fuente: Sciencemag.com

Fotos: Pixabay